
Para los griegos, creer no era cerrar los ojos ante la realidad…
Podemos preparar las herramientas, estudiar el camino, escuchar a quienes subieron antes que nosotros,… pero llegará un instante en el que ninguna preparación será suficiente.
El sendero se perderá entre nuestros pies.
La niebla cubrirá los siguientes pasos.
Y entonces tendremos que avanzar sin poseer aquello que más deseamos:
la certeza.
En la Antigua Grecia, la confianza no era la ausencia de duda, sino caminar a pesar de ella.
Cada paso era una respuesta a la pregunta que el eco de la montaña repetía una y otra vez:
Era abrirse a ella.
Colocar el propio peso sobre aquello que se considera digno de confianza.
— ¿Llegarás? —
Aún así continuaba…
Había que continuar.
Y no porque supiera que llegaría…
sino porque intuía que la cumbre no llama a la puerta con la promesa de la llegada, sino con la necesidad del viaje.
Hubo noches en las que dudó del primer paso.
Mañanas en las que pensó que quizá la montaña era demasiado grande, que no conseguiría alcanzar la cima.
Pero cada vez que miraba hacia atrás veía algo que antes no estaba allí…
Huellas
No las de la montaña, las suyas
Y comprendió la diferencia entre confiar en que algo es posible y saber, porque la vida lo ha demostrado, que uno puede atravesar lo imposible.
Y para ese saber, los griegos tenían otra palabra.
