Nacía del verbo peíthō, “persuadir”.

La que ejerce la experiencia sobre el alma.

Pero no una hecha por palabras...

Hablaba de una persuasión más profunda.

El tiempo había hablado…

La dificultad había hablado…

Cada caída, cada pérdida y cada amanecer después de una noche difícil habían dejado su enseñanza.

Ya no confiaba solamente porque había elegido hacerlo.

Confiaba, porque había sido transformado por aquello en lo que había confiado.

La montaña no le había dado respuestas.

Le había dado algo más valioso…

una certeza tranquila sobre quién era cuando las respuestas no llegaban.

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